Un cuerpo femenino yacía sobre una inerte mesa de piedra. La sala en la que la mesa y el cuerpo se hallaban estaba iluminado levemente por la tenue y escalofriante luz de unas velas. Las velas estaban situadas en candelabros cada uno con espacios hasta para tres velas, y había uno a cada esquina de la sala, teniendo esta forma de octágono. La pared que se encontraba frente la mesa de piedra tenía una obertura en forma de puerta que daba a un oscuro y largo pasillo, que es el que la chica utilizó para llegar a aquella sala. El pasillo también tenía algunos candelabros para iluminarlo, pero aún así, seguía siendo bastante oscuro el lugar. Habían dos armaduras de aspecto bastante viejo a cada lado de la puerta, llenas de óxido, y que daban la impresión de que alguien estaba observando desde su interior. A los pies de los candelabros habían algunas piedras con runas mágicas talladas en su centro. La mesa de piedra sobre la que yacía la chica parecía realmente antigua, pues tenía algunas roturas por encima y por los lados y a los pies crecían plantas pequeñitas que parecían muertas. Las paredes estaban completamente desnudas, excepto porque en algunas partes había sangre, y no solo por las paredes, sino por el suelo y la mesa también, pero ya estaba toda seca, incluso había la forma de unos dedos en una de las paredes. No habían ventanas, de modo que las velas eran el único medio de luz que había para iluminar lo más levemente posible aunque fuera la sala y el pasillo de aquel lugar.
Pero aquella chica no estaba muerta, al contrario, estaba más viva que cualquier animal que hubiese por los alrededores de aquel lugar. Era bastante joven, de unos diecisiete años más o menos. Su cabello era rubio como los rayos del sol, sus ojos verdes como un prado, y sus labios eran tan rojos como la sangre. Era realmente bella, y había tenido siempre a muchos hombres detrás de ella, buscando placer, desgraciadamente, aunque ella seguía intocable, virgen aún. Pero por encima de todo, nadie la había traído hasta aquel lugar, sino que había ido ella misma por su propia cuenta, siguiendo a un bello chico del que se enamoró, cayendo en un profundo ''hechizo''.
Un fuerte aullido rasgó el cielo. La noche ya había llegado, y los lobos, salían a la caza, bajo su reina, la Luna, y la muchacha se estremeció un poco, pero a la vez sabía que estaba segura en aquel lugar, pues no habían ventanas, y a ningún lobo se le ocurriría entrar a aquel lugar para alimentarse, ya que allí nada encontraría. Pero igualmente se estremeció, y pensó en donde podría encontrarse en aquel mismo instante la persona a la que estaba esperando impacientemente, y no pudo evitar la remota idea de que aquella persona se hubiese marchado y ahora ella estaba esperando tontamente, con lobos en el exterior que serían capaces de devorarla si la chica cometiese el atrevimiento de salir de aquel lugar.
Observó las paredes y la sangre que había en ellas, pero no se inmutó a causa de aquel rojo líquido. Las paredes de color piedra parecían naranjas y la sangre verde, todo a causa de la leve iluminación ígnea del lugar. La chica se levantó de la mesa de piedra y anduvo lentamente hasta una de las paredes. Lo hizo así para no correr el riesgo de golpearse con cualquier cosa que pudiese haber por el suelo desperdigada. Al llegar a la pared que estaba a la izquierda de la puerta, la tocó con las manos y sintió la antigüedad de aquel lugar en ellas. Aunque también sintió la tragedia que pudo pasar en aquel lugar al ver la sangre, que ya había notado antes, pero que no se había parado a mirar hasta aquel momento, y entonces... una fría corriente de aire azotó el salón. La chica se estremeció y sintió un escalofrío con aquel elemento. Se abrazó su cuerpo, intentando entrar en calor, y, andando suavemente, volvió a la tabla de piedra y se sentó sobre el borde que apuntaba a la puerta.
Y Él llegó.
Aquel chico estaba de pie, inerte, en el umbral de la entrada. Las velas solo alumbraban hasta su cuello, y entonces su rostro se perdía en la Oscuridad. Aquella escena era de las más y frías y a la vez cálidas que cualquier persona pudiera haber observado. La chica, por una parte sentía un miedo que no le permitía moverse, pero por el otro, sentimientos de lujuria y pasión azotaban su cuerpo obligándola a actuar de esa manera. Pero ella solo observó parada en la tabla de piedra a cualquier movimiento que él pudiese hacer.
Él. Era un chico bastante misterioso, solo le había visto en una ocasión, ni siquiera había visto sus ojos, que estaban cubiertos por su cabello. Pero extrañamente, pasó, callo en su enamoramiento, y aquel sentimiento la había traído a aquel lugar alejado de toda vida humana.
Parecía que él la observaba, y fue entonces cuando se movió, avanzó hacia aquella muchacha de cabellos dorados y ojos verdes. La luz de las velas cada vez mostraba más su rostro, pero se detuvo, cuando la luz solo llegaba hasta sus labios.
-Ven...-Susurró la joven levemente.
Y él se acercó un poco más. La chica se recostó sobre la mesa de piedra y abrió sus piernas a cada lado invitándolo a acercarse más. Y ocurrió. El chico se acercó a la muchacha hasta llegar a la mesa y se reclinó junto a ella, poniendo cada brazo a cada lado de su cabeza. En esta posición, la chica estaba abierta de piernas sobre la mesa y él estaba sobre ella, con las rodillas apoyadas en aquella tabla de piedra.
-Que bello...-dijo ella en voz baja mientras apoyaba su mano derecha levemente sobre su mejilla, acariciándola. Aquel chico era realmente bello. Su piel era pálida, sus rasgos faciales muy finos, su cabello largo y oscuro como la Noche que definía unas características ondas y sus preciosos ojos azules, que reflejaban la luz de las velas en ellos.-Dime tu nombre.
-Nicolás-y no dijo nada más.
Tras decir su nombre, bajó su cabeza y juntó sus labios junto a los de la chica, ella, apasionada, puso una mano en su cuello y la otra en su mejilla. Él únicamente se dedicaba a besar y a bailar con su lengua. El beso terminó, y Nicolás se separo de ella. Los dos se quedaron observandose el uno al otro. Después de un largo lapso de silencio, Nicolás volvió a agacharse, pero esta vez no fue a su boca, si no a su cuello, que empezó a besar y a acariciar con su lengua. Bajó su mano por la cadera de la chica hasta llegar a su entrepierna, que empezó a acariciar por fuera de la falda. Ella respiraba fuerte, y de vez en cuando soltaba un pequeño gemido. Pero aquello último no fue un gemido de pasión... fue de dolor.
Nicolás se separó de ella, y aún con la mirada seria, abrió la boca y dejó ver unos incisivos y caninos muy largos y afilados, y su boca llena de sangre. Su cuello sangraba y ella se sentía débil por momentos, incluso se llevó la mano al cuello intentando pararlo, pero inútilmente. Aunque él no iba a desaprovechar la situación. Le quitó la camiseta y la lanzó a otra parte de la habitación. Descubrió que ella no llevaba nada debajo. Le cogió una mano y la puso a un lado de la mesa, le cogió la otra e hizo lo mismo. Apretaba mucho, de modo que ella no se pudiese mover. No la había mordido en un lugar de muerte instantánea, pero a la larga acabaría muriendo desangrada, pero mientras tanto, dejó que la sangra cayese por su cuello y sus pechos, y fue entonces cuando empezó a deleitarse con ellos. Nicolás disfrutaba mucho, al contrario que la muchacha, que estaba viviendo una auténtica pesadilla. Mordió uno de sus pezones tan fuertemente que lo perforó y sangre salió de ahí también. Pasó las dos manos de la chica a solo una mano suya, y al tener una libre, consiguió bajarle la minifalda y con ella su ropa interior, dejando su zona genital al descubierto. Inclinó la chica hacia arriba un poco para que la sangre bajase por su cuerpo, y al llegar a donde él quería que llegase, bajó su cabeza a su zona genital y comenzó a lamerla junto a la sangre que llegaba a la zona. Ella gritaba, a cada grito más fuerte que el anterior, deseando despertarse de aquella pesadilla, pero no era ningún sueño, era la realidad. Nicolás acariciaba bestialmente el sexo de la joven, y con la mirada repleta de lujuria y deseos de sangre, introdujo sus dedos en él de una forma poco ortodoxa, haciéndola gritar aún más, le había quitado la virginidad con sus largos y finos dedos. El sexo sangraba, y él, movía sus dedos hacia dentro y hacia fuera haciendo ahora gritar también de placer a la chica. Una vez satisfecho, volvió a recostarla sobre la mesa y mordió de nuevo su cuello en la yugular, matándola y dejando un ahogado grito femenino en el aire...
Terminó de drenar su sangre, y una vez hecho el trabajo, se levantó y salió del lugar, limpiándose con la manga la sangre que tenía en la boca y nunca arrepintiéndose de nada, pues esto ya lo había hecho miles de veces...
Se quedó en el umbral del portal exterior mirando el precioso paraíso invernal que ante él se alzaba. Los lobos creaban la atmósfera perfecta, sus aullidos eran una bella melodía para sus oídos junto a los gritos de las agonizantes chicas a las que había matado antes.
-Cantad, mis preciadas criaturas.-dijo, mientras en su cabeza resonaba un bello poema escrito por él...
When She, Moon, Goddess of the Night,
Ascenndes to the sky, my life is soon filled with thy light,
With thy evil and with thy passion.
Your servants, the wolves, will always remain with thee,
Because thou art precious, pale, maleficent,
I sing to thee, I pray thee thus,
My desire is to have thee by my side,
To run as one,
To slay the lamb and stain the Sun,
Good night, Moon, fill me with thy dark light...
Ich liebe dich,
Fur alles Ewigkeit...

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