lunes, 21 de septiembre de 2009

I - Nicolás (Parte 3 - Final)

-¿Ocurre algo?-preguntó Paul.

Leo salió a paso acelerado hasta la puerta del edificio y se dirigió en el exterior al lugar donde ocurría aquel suceso, Paul le siguió mientras le gritaba:

-¡Leo, tenemos que volver o nos echarán la bronca!

Llegaron al lugar. Séis chicos mas o menos de segundo de Bachillerato observaban como un séptimo daba una paliza a un alumno que iría a cuarto de E.S.O. Los demás le alentaban y animaban con frases como ''¡Dale Fuerte!'' o ''¡En la cara, en la cara!'' Leo reconoció al chico, era Alberto, un chico realmente molesto y vacilón que siempre estaba haciendo lo posible por incordiar. Al parecer alguien ya se había hartado y decidió darle una lección.

-¿Qué ha hecho esta vez?-preguntó Leo acercándose a uno de los chicos que observaban la paliza.

-Bah, algo de siempre, le estaba vacilando, y así ha acabado, creo que ya no se meterá con nadie más.

-Leo.-dijo Paul a su espalda.-No quiero tener nada que ver, así que yo me voy a clase, quedate tú si quieres, pero no quiero meterme en líos a finales de curso, y los resultados de estos exámenes son muy importantes.

-Bien, puedes marcharte, no te voy a detener, tranquilo, que no te voy a guardar rencor, es perfectamente comprensible que quieras irte y no arriesgarte a nada, imaginate que te expulsan por estar en una pelea, pues eso, marchate.

-Ya, pero, ¿y si te pillan a ti?

-No va a pasarme nada, créeme.

-Está bien, pero no quiero saber nada luego, hasta después.-y Paul se metió en el edificio.

La campana aún no había sonado, de modo que Leo decidió quedarse ahí observando como agredían al molesto chaval, y alentando a quien le estaba pegando, un chico al que no conocía de nada, solo de vista.

-¡Por favor, para!-gritaba Alberto.

-¡Ni hablar, tú vas a cobrar caro!-y le atinó un puñetazo en el ombligo, y Alberto por reflejo propio bajó la cabeza y se llevó las manos al lugar donde le habían golpeado, esto era perfecto para que ahora el otro chico le diera un rodillazo en la cara, haciéndole sangrar la nariz y caer al suelo.

Alberto había molestado a Leo muchas veces. Se había metido con él soltando basura sobre el Metal y los gustos de Leo. Él se había aguantado las ganas de darle una paliza, y ahora se sentía terriblemente saciado al ver la lección que le estaban dando, y no pudo evitar meterse en el área de combate y darle una patada al chico en el suelo en el costado, haciéndole retorcerse de dolor. Otro chico se acercó, le cogió por los brazos al herido y le tapó la boca.

-Para que no grites.-le susurró al oído.-Ahora, Guillermo.

Leo se apartó para dejar paso a Guillermo. Era un chico bastante alto y fuerte, de anchos hombros y expresión bruta. Se aproximó a Alberto en el suelo, que intentaba zafarse del agarre, pero sin éxito, le agarró del cuello de la camiseta y le propinó un último puñetazo en la cara. Salpicando sangre por todas partes.

-¡Mierda, me he manchado! Da igual, ahora me limpiaré...-exclamó, y se dirigió al que lo agarraba.-Creo que ya ha aprendido la lección.-dijo, y el chico que le agarraba le soltó. Guillermo agarró a Alberto y lo llevó detrás de los cubos de basura.-Como digas algo estás acabado, chaval.-Volvió juntó a los otros y les dio señales de volver adentro, entonces sonó el timbre y empezaron a volver a clase, cuando Guillermo observó algo.-Anda, mira lo que hay por aquí.

Había un chico sentado en el otro extremo del recreo, con unas opacas gafas de sol. Tenía el cabello oscuro y largo, y la piel pálida como la de un muerto. Guillermo se acercó a él.

-Tú no has visto nada, ¿entendido?-los demás se acercaron. Leo no conocía de nada a ese chaval, parecía tener su misma edad, pero no le recordaba de ningún grupo de primero. Guillermo no le dio mucha importancia al hecho de que Leo se hubiese unido al grupo al darle la paliza a Alberto, que seguía detrás de los contenedores, débil y sin fuerzas para andar. El chico de gafas de sol no contestó.-Eh, tú.-le dio un empujón.-¿Me estás escuchando?No dirás nada sobre lo que has visto aquí, ¿vale?-siguió sin responder, y Guillermo el dio otro pequeño empujón en el hombro.

-No me toques.-dijo con voz tranquila pero amena-zadora al mismo tiempo.

-No te recuerdo, ¿a qué curso vas?-no respondió.-Que me digas a qué curso vas, ¿o acaso eres cortito de mente, eh?

-No, ahí nos confundimos, tú eres aquí el ''cortito'' de mente, eres un cobarde, y un imbécil, ¿lo sabías? Aprovechas que él está solo y rodeado de muchos chicos grandotes...

-¡Pero será...!-Guillermo se abalanzó sobre él, pero uno de sus compañeros le detuvo.-¿Qué haces?¡Suéltame!

-No, Guillermo, lo último que queremos es otro herido, además, tampoco te ha hecho nada grave.

Guillermo se zafó del agarre de su amigo y comenzó a andar hacia el edificio, enfadado, frustrado. Le dirigió una mirada asesina a aquel chaval de gafas de sol y cabellos oscuros. Tras él siguieron los demás, y Leo fue el que más prisa tuvo para llegar al edificio, iba a llegar tarde a la tutoría, y no convenía en estos últimos días. Mientras iba, volvió la mirada al chaval, pero se quedó con la sorpresa en la mirada: ya no estaba allí.

Leo cruzó los pasillos a toda velocidad hasta llegar a su clase, y una vez ante la puerta, entró, nervioso de lo que le pudiera decir su profesor. No tenía ninguna excusa buena preparada, así que o bien decía cualquier tontería, o se callaba y asumía lo que le pudiese pasar. Tocó la puerta y entró.

-Siento llegar tarde, señor.-dijo con la cabeza baja.

-¿Dónde has estado, Leo, si se puede saber?-preguntó inquisitivo su profesor, esperando una respuesta.

-Esto... pues..., lo siento.-y exhaló un suspiro.

-No importa, vamos, siéntate. Pero te has ganado una falta.

Leo se dirigió a un asiento libre, al lado de Juan. Tenía el cabello corto y rubio y los ojos castaños. Era un poquito más bajo que Leo, pero más fuerte. Simplemente se saludaron y quedaron callados mientras el profesor explicaba cosas acerca de los exámenes y temas relacionados con el curso que Leo encontró aburridos y sin interés, y por lo tanto, pasó de escuchar. La tutoría era absurda, a su parecer, y creía que directamente los alumnos deberían irse ya a casa, todavía con más razón en los últimos días. Solo quedaba una semana completa para terminar el curso.

El timbre sonó. Ya eran las tres, finalmente, hora de marcharse. Leo cogió su mochila y dejó algunas cosas en la taquilla y se dirigió afuera, a esperar a Alicia, para después los dos dirigirse a su casa. Llegó al momento de salir Leo, se saludaron con un prolongado beso y después se dirigieron camino al apartamento donde ella vivía, cogidos de la mano, a unas dos manzanas de allí.

Leo aún tenía en la cabeza la brutal paliza a Alberto y a aquel extraño chico que había aparecido allí aquella tarde y que después había desaparecido sin dejar rastro.

Ninguno de los dos se dio cuenta de que desde la oscuridad alguien les observaba... no una persona, si no dos, dos personas que iban a cambiar para siempre el curso de vida normal de aquellos dos chicos, y de posiblemente toda la humanidad.

Leo y Alicia se pararon en una esquina, y allí se besaron, escondidos de la vista de cualquier persona cotilla que les pudiera observar.

-Amo tus labios.-dijo Leo suavemente.

Continuaron el camino y llegaron a un edificio, de no más de diez pisos: la casa de Alicia.

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